El día que Ponce de León cayó de su pedestal

La madrugada del lunes, 24 de enero de 2022, Ponce de León cayó de su pedestal. El acontecimiento en la Plaza San José del Viejo San Juan ocurrió a solo horas de la llegada a Puerto Rico del rey de España, Felipe VI. La visita real se daba con motivo de la conmemoración de los 500 años de la fundación de la ciudad de San Juan, al trasladarse la Capital –situada originalmente en Caparra– a la Isleta en la que ubica en la actualidad. No era una casualidad que la visita del rey coincidiera con la llegada de decenas de inversionistas españoles a Puerto Rico motivados por las Leyes 20 y 22 que han convertido a la Isla en un paraíso fiscal.

La noticia del derribo de la estatua del primer gobernador de Puerto Rico causó revuelo en la prensa nacional e internacional. Un grupo autodenominado Fuerzas Libertarias de Borikén se atribuyó el acto. El alcalde capitalino Miguel Romero y el actual gobernador Pedro Pierluisi condenaron el suceso. Pierluisi se apenaba porque era una “estatua bonita”; Romero aseguró que la escultura pronto volvería a su lugar. En la redes sociales, unos aplaudían el acto por entender que denunciaba las atrocidades cometidas por los conquistadores, así como el coloniaje que aún enfrenta el pueblo puertorriqueño. Otros defendían la efigie por su longevidad y por representar nuestra “herencia hispana”, argumento predominante de la educación colonial. Los entusiastas de ambos bandos, a los que se unieron políticos y aficionados a la historia, compartían información al azar sobre lo que entendían debía ser el significado del monumento. Algunos argumentos estaban fundamentados, otros planteaban más preguntas que respuestas.[1]

Monumento a la colonización

No es la primera vez en Puerto Rico que la estatua de Juan Ponce de León desata la controversia pública y revuelca el contexto colonial de nuestra historia oficial. Durante la década de 1940, se denunció el estado de abandono del monumento y se propuso su relocalización. Unos ciudadanos sugirieron su traslado a los predios de la Avenida Ponce de León para honrar al conquistador “por su linaje y su prestigio”. Poco tiempo después, la Legislatura acogió la sugerencia en un proyecto de ley que no prosperó. Entre sus detractores se destacó el historiador Antonio Paniagua Picazo. En un artículo publicado en El Imparcial, el también subsecretario del Ateneo Puertorriqueño defendía la permanencia de la escultura y adjudicaba al conquistador las cualidades de “honesto administrador” y “padre ejemplar”. Paniagua aseguraba que el primer gobernador de la Isla se había destacado por su “sentido humano” y que por eso se le debía reconocer como “el creador de la nacionalidad puertorriqueña”. Es claro que Paniagua no consideró la estela de sangre que dejó Juan Ponce de León durante la conquista y colonización de Puerto Rico y el Caribe. Tampoco tuvo en cuenta que el conquistador salió de su puesto de gobernador con una gran fortuna tras ser destituido de su cargo por actos de corrupción.[2]

La propuesta del ayuntamiento de San Juan para la construcción de un monumento a Ponce de León se dio a conocer en octubre de 1880. Originalmente, se propuso su ubicación en la Plazuela de Las Monjas, frente al Convento de las Carmelitas. El presupuesto municipal asignado fue de 2 mil duros. El Boletín Mercantil de Puerto Rico, que se proclamaba como el “diario de los españoles sin condiciones”, felicitaba al ayuntamiento por tener la iniciativa de rendir tributo “a los grandes servidores de la patria” y por “grabar en bronce el nombre de los héroes para recuerdo y ejemplo de las presentes y futuras generaciones”. El rotativo, sin embargo, criticó el escaso presupuesto disponible. Sugirió, en cambio, la imposición de una cuota a cada ayuntamiento de la Isla para costear la estatua porque: “Los beneficios de la conquista de Ponce de León no se extienden solo a la capital sino a toda la provincia, y todos sus pueblos deben contribuir a honrar la memoria del representante de la nacionalidad y raza españolas.”[3]

Por años se ha especulado sobre el origen del material en que está construida la escultura. Se dice que el bronce provino de unos antiguos cañones que los ingleses abandonaron tras su huida luego del abortado ataque a San Juan en 1797. En muchas ocasiones se menciona este dato sin presentar fuentes concretas, sin embargo, tras una búsqueda en antiguos periódicos se pueden corroborar algunos detalles. En agosto de 1881, la Gaceta de Puerto Rico informaba que el Gobierno Supremo había aprobado “la cesión de dos cañones de bronce que hizo la Capitanía General para construir la estatua de Don Juan Ponce de León”. En el rotativo no se detalla si los cañones eran de fabricación inglesa o española. Años después, otra nota de prensa apuntaba que la estatua había sido “fundida en bronce de los primitivos cañones de la plaza”, lo que corrobora, al menos, la antigüedad de los mismos.[4]

Dos libros de la última década del siglo XIX confirman la procedencia de los cañones. El primero es La Isla de Puerto Rico (1891) de Juan Gualberto Gómez. El autor asegura que, frente al Teatro está “la Plaza de Santiago, en la cual hay una estatua del conquistador don Juan Ponce de León, fundida en bronce con los cañones tomados a los ingleses.” Seis años después, con motivo del centenario del ataque inglés, otro historiador revalida parte del dato. Eduardo Neumann Gandía, en su libro Gloriosa epopeya, sitio de los ingleses de 1797, al hacer inventario de las armas inglesas abandonadas, indica que los cañones “se fundieron en este siglo para levantar la estatua de Ponce de León que adorna la plazuela de San José.” El Boletín Mercantil de Puerto Rico repetía lo que Neumann afirmaba: que el bronce de la escultura provino “de cañones tomados a los ingleses cuando el sitio”.[5]

Aunque Gómez y Neumann concuerdan en la procedencia inglesa del material de la estatua, el dato de la ubicación del monumento difiere. La prensa de época esclarece la duda; la estatua originalmente estuvo en la Plaza de Santiago. El 26 de diciembre de 1881, el municipio de San Juan dispuso el pago de los gastos “por conducir al Teatro la estatua de Ponce de León, recibida de los Estados Unidos”. El alcalde Juan Borrás y el ayuntamiento aprobaron el gasto de 1,020 pesos 90 centavos por la construcción del pedestal y de la verja que fue colocada alrededor del monumento. La estatua se develó ese mismo verano en la Plaza de Santiago, frente al Teatro Municipal de San Juan, hoy día Teatro Tapia.[6]

Una década después, y con motivo de la celebración del Cuarto Centenario del Descubrimiento de Puerto Rico, la escultura de Ponce de León fue relocalizada. Se consideraron tres alternativas para su reubicación: la Plaza de San Francisco, la Plazuela de las Monjas frente a la Catedral, y la Plaza San José, donde finalmente se colocó en un nuevo pedestal en octubre de 1893. En el espacio que ocupaba inicialmente el monumento de Ponce de León, se situó una estatua en honor a Cristóbal Colón fabricada en Génova por el escultor Achilles Canessa. Por tal razón, la Plaza de Santiago fue rebautizada con el nombre del Almirante. La ceremonia de develación del monumento a Colón se realizó el 11 de febrero de 1894 como parte de las fiestas del Cuarto Centenario y de la Exposición de Puerto Rico. La Plaza San José donde había sido reubicada la estatua de Ponce de León también fue decorada e iluminada para la ocasión.[7]

Aunque en las pasadas líneas se han develado detalles sobre la elaboración de la estatua de Juan Ponce de León, esta breve investigación no haría justicia a la verdad si no considerara el contexto social y político en que se gestó dicho homenaje. ¿Qué motivó su creación? ¿Quién o quiénes promovieron su instalación? Las motivaciones tras el proyecto revelarán el sentido que la obra tuvo para sus propios gestores. Veamos ahora cuáles fueron los motivos que impulsaron este proyecto y esclarezcamos el terrible significado de esta escultura.

Monumento a la libertad

Las verdaderas intenciones de los defensores de la estatua de Juan Ponce de León yacen en otra historia que no nos cuentan en la escuela porque ha sido evadida por la historia oficial. Este otro relato, hasta ahora oculto, delata el carácter de los principales favorecedores del monumento. 

La historia colonial nos ha hecho creer que, luego de la abolición de la esclavitud el 22 de marzo de 1873, todos los habitantes de la Isla –abolicionistas, expropietarios y libertos– quedaron satisfechos, limaron asperezas y se unieron como “la gran familia puertorriqueña” por el futuro del país. Nada más lejos de la verdad; el tan esperado fin de la esclavitud presentó tensiones sociales, políticas y económicas que perduran hasta nuestros días.

Meses antes de que el ayuntamiento capitalino concibiera la idea de colocar una estatua de Juan Ponce de León, los liberales del Sur de la Isla propusieron la creación de un monumento que conmemorara el logro de la emancipación de los esclavos. El 14 de marzo de 1880, Juan Mayoral Barnés, abolicionista y miembro del Partido Liberal Reformista, llevó al pleno de la Asamblea Municipal de Ponce la idea de construir un parque en recordación de la abolición de la esclavitud. Para ello, el ayuntamiento ponceño solicitó al gobierno español el permiso requerido para la obra pública. Un año después, en marzo de 1881, la Gaceta de Puerto Rico informaba que el ayuntamiento de Ponce había recibido la aprobación para construir el monumento conmemorativo. De igual manera, se autorizó a solicitar aportaciones voluntarias a los municipios para así poder recaudar los fondos necesarios.[8]

Días después, La Crónica, que se describía como un “periódico político de intereses generales”, aplaudió la iniciativa ponceña. En contraste, la edición del Boletín Mercantil de PR arremetió duramente contra el plan de los liberales. No era un secreto que ese diario respondía exclusivamente a los intereses del sector conservador del país, sin embargo, su cruzada contra el proyecto de los liberales escaló dimensiones impensadas. Decía el Boletín que la propuesta ponceña sería excelente si quienes pagasen por el monumento fuesen “los favorecidos, los libertos”. Aseguraba que, durante los últimos ocho años, esos antiguos esclavos habían disfrutado de su emancipación mientras trabajaban libremente, por lo que podrían ahorrar y aportar al proyecto. El diario exhortaba a las libertos a que “costeen de su peculio el monumento que recuerde el acto generoso de que ellos únicamente han derivado provecho”.[9]

Mientras el proyecto de la estatua de Ponce de León seguía su curso sin obstáculos, los conservadores agudizaban su crítica al monumento abolicionista. El Boletín Mercantil indicaba que no era justo que “los arruinados exposeedores de esclavos, que todavía no han cobrado la mitad de la mezquina indemnización que el listado les ofreció a cambio de su propiedad, paguen ahora el lujo de estatuas”. Criticaba la creación del monumento abolicionista, cuando un personaje como Juan Ponce de León todavía no tenía una estatua en Puerto Rico, a pesar de que “implantó aquí heroicamente el lábaro de la Cruz y la bandera de Castilla, marcando en los anales de la historia borinqueña una fecha mucho más memorable que la de 22 de marzo de 1873”. Despectivamente, el diario incondicional español agregaba:

«Llévese a cabo el monumento abolicionista, gestionado por el Sr. [Rafael María de] Labra y el municipio radical de Ponce, corriente. Pero páguenlo los libertos, o los promovedores del Proyecto cuando menos, ya que tienen interés político en adular a las masas, y en particular a ciertos elementos, de los treinta mil y pico de libertos que recibieron el beneficio de la libertad inmediata a expensas de los propietarios, que debieron ser indemnizados en dinero o trabajo como en el Brasil, y que no lo fueron, deben quedar vivos todavía veinte y cinco mil lo menos: dé cada uno un peso para el monumento abolicionista, y algo digno de verse se levantará en Ponce para grabar en bronce o en mármoles la fecha de la abolición en Puerto Rico; así demostrarán los antiguos esclavos que agradecen el bien sumo que se les hizo…»[10]

Frente al valor de la libertad de todos los seres humanos, los conservadores insistían en defender el derecho propietario de los dueños de esclavos. Como defensores de los intereses de los militantes del Partido Incondicional Español, los editores del periódico compartían la fuerte convicción de que: “al lado del derecho natural con que nace todo hombre de ser libre, existe otro derecho igualmente respetable y respetado en todos los países civilizados, y que es piedra angular de la familia y de la sociedad, por consiguiente: el derecho de propiedad.” Por último, el diario afirmaba la “injusticia” que se había cometido en contra de los propietarios de esclavos al momento de la emancipación, pues “la abolición se ha llevado a cabo de un modo injusto en Puerto Rico. Y ese monumento que se proyecta ha de traer tristes recuerdos a no pocas familias desheredadas por la ley de la abolición de 1873”.[11]

En contraste con su enérgico llamado a la subvención de la estatua de Ponce de León, los incondicionales españoles criticaban fuertemente a quienes endosaran la construcción del monumento abolicionista. Decían que la idea provenía de “algunos radicales no muy ortodoxos en religión, y encaminados a atraer las simpatías de las muchedumbres etiópicas hacia un partido político que no se distingue ciertamente por su adhesión a la Iglesia Católica”. Por ello, cuando en abril de 1881 el cura vicario de Ponce invitó a los feligreses a patrocinar el monumento libertario, los españoles sin condiciones aseguraron que el religioso estaba confundido y no entendía su significado. Para los incondicionales, el monumento abolicionista constituía un derroche de dinero, por eso lo reprobaban al igual que reprochaban la inversión del gobierno en bibliotecas e institutos de enseñanza pública promovidos por los liberales. Asimismo, los conservadores alegaban que los liberales planificaban aprobar el sufragio universal para que los libertos votaran por su partido, y que por esa razón querían hacerles un monumento.[12]

En julio de 1881, se alegaba que el proyecto ponceño cubriría sus costos con aportaciones privadas de instituciones e individuos. La ciudad de Ponce recaudó fondos a través de funciones artísticas. A medida que el plan ponceño recibía el apoyo de más personas través de toda la Isla, el ataque de los conservadores se recrudecía. Se mofaban públicamente al sugerir que el monumento libertario fuera: “un modesto pedestal del orden churrigueresco adornado con triángulos, compases y gorros frigios”. Las burlas a la causa emancipadora y al monumento abolicionista llegaban al extremo de alabar el paternalismo de los amos por haber dado de comer a sus cautivos y, a la vez, presentar a los propietarios como las víctimas del sistema esclavista.

«En los cuatro paramentos del pedestal pondríamos el grupo de los despojados negociando los bonos de la indemnización con el Sindicato con varias señoras expropiadas pidiendo limosna; campos desiertos reducidos a pastos en que se percibieran las ruinas de varias haciendas, y en primer término a nuestros abolicionistas celebrando un festín; en otro lado un grupo de libertos en actitud de sufrir hambre y sed por no tener quien los alimentara; y por fin un cuarto lado con un grupo de todos los concejales que idearon el monumento, descollando entre ellos el señor Mayoral.»[13]

A pesar de la férrea oposición de los incondicionales, el monumento ponceño para celebración de la libertad de todos los seres humanos se hizo realidad. Ubicado entre las calles Abolición, Salud y Marina, se conoce actualmente como el Parque de la Abolición de la Esclavitud. Según José Enrique Ayoroa Santaliz, el parque destinado a los niños fue remodelado en 1956, cuando se construyeron el Obelisco de la Abolición y la escultura “El Hombre Redimido”, diseños del artista Víctor M. Cott Negrón.[14]

La historia implacable

Queda comprobado que el monumento a Juan Ponce de León no fue ideado de manera ingenua y espontánea. Su concepción fue simplemente la reacción de los colonos esclavistas a la iniciativa para crear un monumento a la emancipación. El revanchismo político de los incondicionales y los intereses económicos frustrados de los antiguos propietarios de esclavos, unidos al racismo y a la desigualdad social, fueron los verdaderos motivos tras la escultura de Juan Ponce de León. Desde su génesis, la estatua del primer gobernador colonial de Puerto Rico fue respaldada por una visión racista y por los intereses políticos y económicos de un puñado de explotadores. 

Como vemos, el valor histórico de un objeto no radica simplemente en cuántos siglos ostenta. Es la crítica y el análisis lo que le da contexto y, por ende, significado en un momento preciso. La historia es mucho más que la acumulación de datos organizados de manera cronológica. Aunque los hechos, los documentos o los objetos sean los mismos, su interpretación dentro de un marco alterno de valores culturales siempre cambiará su significado. Lo que en un periodo simboliza una idea, concepto o lucha, en otro momento histórico puede representar algo totalmente diferente. La historia no es una disciplina estática; es tan dinámica como la sociedad, por eso es una de las más poderosas armas contra el colonialismo.

En la tarde del 24 de enero de 2022, mientras la escultura de Ponce de León intentaba regresar al pedestal, el rey del antiguo imperio español pisaba la “feliz” colonia del imperio estadounidense. El actual gobernador –fiel retrato del colonizado– recibía al monarca con toda la pompa y el servilismo acostumbrado.

Las efigies las defienden quienes en ellas se sienten representados. Al final del día, luego de la caída moral, la estatua del primer gobernante corrupto de Puerto Rico retornó por la fuerza a su pedestal. La historia implacable la seguirá destronando. 



Notas

[1] Miguel González, “Derribada una estatua de Ponce de León horas antes de la llegada de Felipe VI a Puerto Rico”, en El País, 24 de enero de 2022. Sandra Torres Guzmán, “Pedro Pierluisi: No hay justificación para ese daño porque es una estatua bonita”, en El Nuevo Día, 24 de enero de 2022. 

[2] F. Acuña Aybar, “La estatua de Ponce de León”, en Los Quijotes, 30 de octubre de 1945, 3. Antonio Paniagua Picazo, “No debe removerse la estatua de Ponce de León”, en El Imparcial, 9 de marzo de 1947, 4. Una de las muchas obras que describen dichos actos es la de: Francisco López de Gómara, Historia general de las Indias (publicada originalmente en 1552). [Ver: Cap. XLIV – “El Boriquén” y Cap. XLV – “El descubrimiento de la Florida”.] 

[3] “Día 14”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 10 de octubre de 1880, 3. “Monumento”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 22 de octubre de 1880, 3. “Monumento a Ponce de León”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 23 de octubre de 1880, 2. Boletín Mercantil de Puerto Rico, 4 de noviembre de 1880, 2.

[4] “Día 18”, en Gaceta de Puerto Rico, 8 de agosto de 1881, 7. “Noticias de la Capital”, en La Correspondencia de Puerto Rico, 26 de diciembre de 1882, 2. 

[5] Eduardo Neumann Gandía, Gloriosa epopeya, sitio de los ingleses de 1797 con datos hasta ahora no publicados (Ponce: Tipografía La Libertad, 1897), 18; Apéndice Letra B, 47-48. Juan Gualberto Gómez, La Isla de Puerto Rico (Madrid: Imprenta de José Gil y Navarro, 1891), 58. El libro de Gómez se publicó posteriormente bajo otro título: Bosquejo de la Historia de Puerto Rico (1493-1891) (San Juan, PR: Editorial San Juan, 1972). “Las cenizas de un conquistador”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 20 de julio de 1897, 2.

[6] “Día 26”, en Gaceta de Puerto Rico, 14 de enero de 1882, 6. “Día 31”, en Gaceta de Puerto Rico, 8 de marzo de 1883, 6. “Día 16”, en Gaceta de Puerto Rico, 5 de abril de 1883, 8. “Monumento”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 3 de mayo de 1882, 3.

[7] “Noticias generales”, en La Correspondencia de Puerto Rico, 18 de junio de 1893, 2; 29 de junio de 1893, 2; 27 de julio de 1893, 2; 13 de septiembre de 1893, 3; 20 de octubre de 1893, 3; 26 de octubre de 1893, 3; 18 de diciembre de 1893, 2. “Ecos de San Juan”, en La Democracia, 18 de septiembre de 1893, 2. “¿Y qué hacemos de la piedra?”, en La Correspondencia de Puerto Rico, 7 de octubre de 1893, 2. Alejandro Infiesta, “El monumento a Colón”, en La Correspondencia de Puerto Rico, 11 de febrero de 1894, 2. “Las fiestas de hoy”, en La Correspondencia de Puerto Rico, 11 de febrero de 1894, 2. “El Centenario de Puerto Rico”, en Revista de Agricultura, Industria y Comercio (Año 9: 1893): 116-118. “El 4º Centenario”, en Revista de Agricultura, Industria y Comercio (Año 9: 1893): 161-163.

[8] “Negociado de Obras Públicas, Construcciones Civiles, Montes y Minas”, en Gaceta de Puerto Rico, 31 de marzo de 1881, 2. José Enrique Ayoroa Santaliz, “El Parque de la Abolición: Símbolo de una ciudad de avanzada liberal”, en Periódico La Perla, 22 de septiembre de 2021.

[9] “Monumento abolicionista”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 7 de abril de 1881, 2.

[10] Ibíd.

[11] Ibíd.

[12] “A votar”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 29 de abril de 1881, 2. “Carta de un reformista”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 4 de septiembre de 1881, 2.

[13] “Monumento abolicionista”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 27 de abril de 1881, 3. “Gacetillas”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 6 de julio de 1881, 3. “Gacetillas”, en Boletín Mercantil de Puerto Rico, 10 de julio de 1881, 3.

[14] José Enrique Ayoroa Santaliz, “El Parque de la Abolición: Símbolo de una ciudad de avanzada liberal”, en Periódico La Perla, 22 de septiembre de 2021.

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